Sociólogos Tecnológicos sin Fronteras os acerca hoy a la terrible experiencia de MiuMiu después de que su madre se crease un perfil en esta conocida red social. ¿Os ha pasado alguna vez?
En qué momento. ¡¡Pero en qué momento se me ocurrió ayudar a mi madre a que se hiciera un Facebook?! Si apreciáis vuestra vida (vuestra vida social, quiero decir) y tenéis un mínimo de amor propio y de estatus, por muy patético que este sea, se irá con el viento como el humo de un cigarrillo en el momento en que agreguéis a vuestras mamás. Aceptar su petición de amistad es equivalente a firmar una sentencia de muerte, y para ella es un contrato con el diablo o con el mismísimo Dios, porque a partir de entonces será omnipresente, omnisciente y omnipotente. Estará en todos los sitios a los que vayáis, sabrá todas las cosas que hacéis (y las que no) y tendrá poder absoluto sobre vuestras miserables vidas. He sobrevivido estos 15 días a base de valerianas, Trankimazin y sesiones intensivas de vídeos de autoayuda en YouTube, pero tengo los nervios destrozados porque ni aun así consigo librarme de la sensación de tener una presencia que me observa a cada segundo y necesito publicar en mi muro importantísimas novedades que, por supuesto, ella no debe ver.
En qué momento. ¡¡Pero en qué momento se me ocurrió ayudar a mi madre a que se hiciera un Facebook?! Si apreciáis vuestra vida (vuestra vida social, quiero decir) y tenéis un mínimo de amor propio y de estatus, por muy patético que este sea, se irá con el viento como el humo de un cigarrillo en el momento en que agreguéis a vuestras mamás. Aceptar su petición de amistad es equivalente a firmar una sentencia de muerte, y para ella es un contrato con el diablo o con el mismísimo Dios, porque a partir de entonces será omnipresente, omnisciente y omnipotente. Estará en todos los sitios a los que vayáis, sabrá todas las cosas que hacéis (y las que no) y tendrá poder absoluto sobre vuestras miserables vidas. He sobrevivido estos 15 días a base de valerianas, Trankimazin y sesiones intensivas de vídeos de autoayuda en YouTube, pero tengo los nervios destrozados porque ni aun así consigo librarme de la sensación de tener una presencia que me observa a cada segundo y necesito publicar en mi muro importantísimas novedades que, por supuesto, ella no debe ver.
El caso es que para mamá está resultando toda una revelación
esto del "Feisbus", "Fibus", "Facebus", “lo de
las fotos coño”. Y gracias a su infinita sabiduría, y al poco tiempo que me
dedica desde que está enganchada al Candy Crush, he podido conocer cómo las redes sociales han cambiado la
forma que tienen nuestros padres de controlar todos y cada uno de nuestros
movimientos y hacernos la juventud un poco más difícil y mucho más angustiosa.
Cohabitar con la Gestapo hace que duermas con un ojo abierto y con contraseña
en el ordenador. Su mirada siempre está puesta sobre nosotros. O sobre nuestros
muros.
Entre otras cosas, se romperán todas las relaciones con tus amigos.
Desde que está en Facebook, 250 de 297 de mis contactos han sido vetados.
Antes solo te prohibían ver a alguien si le pillaban montando un escándalo
en una fiesta o boda, y en ese caso era muy probable que tu padre estuviera abrazado a él
haciendo lo mismo. Pero el caso es que
desde el salón de casa es muy fácil juzgar, y tienen abierto el directorio de
borracheras de los últimos 5 años. Y como la gente no se corta un pelo a la
hora de subir las fotos, siempre descubre su peor cara. Su cara en el parking.
Su cara en el bar. Su cara en el taxi de dirigiéndose a casa. Su cara en el suelo del
baño. De nuevo su cara en el taxi camino al hospital. Su cara en la camilla sacándose
una selfie con la vía y el gotero.
Lo de los líos amorosos es un tema aparte. Cada vez que apareces en
una imagen con unos brazos sobre los hombros, un beso en la mejilla o alguien escribe un inocente comentario en tu tablón, notas la mirada inquisitiva y esa
sonrisilla diabólica que se le dibuja en los labios. Ya sabéis a cuál me refiero . Ahora ya
ni te hace preguntas, en su lugar hay un proceso de investigación que le lleva
a los rincones más profundos de la red. Antiguamente, (hace 7 años) los padres sometían a un interrogatorio en el que solo faltaban la porra y la
linterna. “¿Y ese chico de quién es?” “¿Y qué estudia?” “¿A qué se dedica su
familia?” “¿No fumará porros, no?”. Si hacía falta se recababa información
puerta por puerta, pero el romanticismo del antiguo trabajo de calle se ha
sustituido por la sofisticación del detective que utiliza Internet para cazar a un sospechoso.
A pesar de esto, lo peor de todo es cuando
son ellos los que utilizan Facebook para maquinar contra ti. Aunque lo hagan
con toda la buena intención del mundo. Los álbumes de fotos están llenos de
instantáneas que siempre hemos querido tirar a la chimenea las noches de invierno
en las que, melancólicos, tus padres se ponían a manosear recuerdos al lado del
fuego. Pues esas fotos son las que más les gustan, y no contentos con mostrarte
desnuda en la bañera, llena de mocos, o con el traje de encaje-flores-plumas-puntilla
de la primera comunión, siempre las acompañan de comentarios que les permiten
ilustrar, un poco más, ese pedacito vergonzoso de tu vida. Escriben todo junto,
de corrido, y no conocen los puntos ni las comas, pero el daño se hace incluso
cuando no se sabe manejar el teclado del ordenador.
Podría pasarme horas hablando del “no me gusta esa foto,
bórrala”, del “no me mientas, que lo he visto en Facebook” o el “¿tú te
crees que soy tonta?, que tengo las pruebas”, pero cerraré mi entrada
de hoy con la siguiente conclusión: si teníamos alguna mísera oportunidad de ocultar
algo a las madres, esos seres maravillosos con un sexto sentido más misterioso
que el Big Bang, el listillo que inventó las redes sociales destripó cualquier
esperanza de tener una vida propia.











