jueves, 26 de marzo de 2015

HIJO, ACÉPTAME AL FACEBOOK

Sociólogos Tecnológicos sin Fronteras os acerca hoy a la terrible experiencia de MiuMiu después de que su madre se crease un perfil en esta conocida red social. ¿Os ha pasado alguna vez?

En qué momento. ¡¡Pero en qué momento se me ocurrió ayudar a mi madre a que se hiciera un Facebook?! Si apreciáis vuestra vida (vuestra vida social, quiero decir) y tenéis un mínimo de amor propio y de estatus, por muy patético que este sea, se irá con el viento como el humo de un cigarrillo en el momento en que agreguéis a vuestras mamás. Aceptar su petición de amistad es equivalente a firmar una sentencia de muerte, y para ella es un contrato con el diablo o con el mismísimo Dios, porque a partir de entonces será omnipresente, omnisciente y omnipotente. Estará en todos los sitios a los que vayáis, sabrá todas las cosas que hacéis (y las que no) y tendrá poder absoluto sobre vuestras miserables vidas. He sobrevivido estos 15 días a base de valerianas, Trankimazin y sesiones intensivas de vídeos de autoayuda en YouTube, pero tengo los nervios destrozados porque ni aun así consigo librarme de la sensación de tener una presencia que me observa a cada segundo y necesito publicar en mi muro importantísimas novedades que, por supuesto, ella no debe ver.

El caso es que para mamá está resultando toda una revelación esto del "Feisbus", "Fibus", "Facebus", “lo de las fotos coño”. Y gracias a su infinita sabiduría, y al poco tiempo que me dedica desde que está enganchada al Candy Crush, he podido conocer cómo las redes sociales han cambiado la forma que tienen nuestros padres de controlar todos y cada uno de nuestros movimientos y hacernos la juventud un poco más difícil y mucho más angustiosa. Cohabitar con la Gestapo hace que duermas con un ojo abierto y con contraseña en el ordenador. Su mirada siempre está puesta sobre nosotros. O sobre nuestros muros.

Entre otras cosas, se romperán todas las relaciones con tus amigos. Desde que está en Facebook, 250 de 297 de mis contactos han sido vetados. Antes solo te prohibían ver a alguien si le pillaban montando un escándalo en una fiesta o boda, y en ese caso era muy  probable que tu padre estuviera abrazado a él haciendo lo mismo.  Pero el caso es que desde el salón de casa es muy fácil juzgar, y tienen abierto el directorio de borracheras de los últimos 5 años. Y como la gente no se corta un pelo a la hora de subir las fotos, siempre descubre su peor cara. Su cara en el parking. Su cara en el bar. Su cara en el taxi de dirigiéndose a casa. Su cara en el suelo del baño. De nuevo su cara en el taxi camino al hospital. Su cara en la camilla sacándose una selfie con la vía y el gotero.

Lo de los líos amorosos es un tema aparte. Cada vez que apareces en una imagen con unos brazos sobre los hombros, un beso en la mejilla o alguien escribe un inocente comentario en tu tablón, notas la mirada inquisitiva y esa sonrisilla diabólica que se le dibuja en los labios. Ya sabéis a cuál me refiero . Ahora ya ni te hace preguntas, en su lugar hay un proceso de investigación que le lleva a los rincones más profundos de la red. Antiguamente, (hace 7 años) los padres sometían a un interrogatorio en el que solo faltaban la porra y la linterna. “¿Y ese chico de quién es?” “¿Y qué estudia?” “¿A qué se dedica su familia?” “¿No fumará porros, no?”. Si hacía falta se recababa información puerta por puerta, pero el romanticismo del antiguo trabajo de calle se ha sustituido por la sofisticación del detective que utiliza Internet para cazar a un sospechoso.

A pesar de esto, lo peor de todo es cuando son ellos los que utilizan Facebook para maquinar contra ti. Aunque lo hagan con toda la buena intención del mundo. Los álbumes de fotos están llenos de instantáneas que siempre hemos querido tirar a la chimenea las noches de invierno en las que, melancólicos, tus padres se ponían a manosear recuerdos al lado del fuego. Pues esas fotos son las que más les gustan, y no contentos con mostrarte desnuda en la bañera, llena de mocos, o con el traje de encaje-flores-plumas-puntilla de la primera comunión, siempre las acompañan de comentarios que les permiten ilustrar, un poco más, ese pedacito vergonzoso de tu vida. Escriben todo junto, de corrido, y no conocen los puntos ni las comas, pero el daño se hace incluso cuando no se sabe manejar el teclado del ordenador.

Podría pasarme horas hablando del “no me gusta esa foto, bórrala”, del “no me mientas, que lo he visto en Facebook” o el “¿tú te crees que soy tonta?, que tengo las pruebas”, pero cerraré mi entrada de hoy con la siguiente conclusión: si teníamos alguna mísera oportunidad de ocultar algo a las madres, esos seres maravillosos con un sexto sentido más misterioso que el Big Bang, el listillo que inventó las redes sociales destripó cualquier esperanza de tener una vida propia.

Y como estoy segura de que ella lee mi blog, solo puedo terminar con estas palabras. Te quiero mamá. ¡Y DÉJAME EN PAZ, POR FAVOR!

lunes, 23 de marzo de 2015

¡Yo nunca duermo la siesta!

Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras muestra una nueva parte del estudio. En esta ocasión, tenemos el testimonio de Lucas, que, tras unos días con la aplicación Breakfree, se ha dado cuenta de que no tiene todo medido al milímetro como él pensaba.

SUJETO 5: LUCAS


¡Yo nunca duermo la siesta!
Vagos, holgazanes, expertos en perder el tiempo, los que después de comer se dejan caer en los brazos de Morfeo.  ¡El tiempo está para aprovecharlo y la tarde más aún! Echarse la siesta es la peor manera de desaprovechar la existencia. ¡Con lo que cunde trabajar a mediodía! Mi jornada se queda corta para la cantidad de tareas que tengo.

 Evitar perder tiempo se ha convertido en uno de mis principales objetivos, por eso, he decido ser económico: mientras me ducho escucho la radio, opto por hojear el periódico a la vez que desayuno, leo un libro en el tren, hago test de conducir durante los viajes de autobús, veo una serie en la comida y, a la hora de cenar, termino de ver el capítulo que dejé a medias. Estos son solo algunos de los remedios que he encontrado y, la verdad, que me parecen de lo más útiles.

Hace unas cuantas semanas, un compañero de clase me interrumpió justo cuando estaba terminando el último capítulo de un libro. Me encuentro con él muchas mañanas en el metro y, sinceramente, preferiría no hacerlo porque hablar de cosas estúpidas – que es lo que suele hacerse a esas horas- me parece otra manera gratuita de perder el tiempo. Me recomendó esa mañana que me descargase Breakfree, una nueva aplicación para móviles, que, según él, mide la adicción al teléfono. Se puso muy insistente y acabé descargándomela para que me dejase tranquilo.


Hoy, haciendo limpieza en el iphone, he visto la app y, por curiosidad, la he abierto. Los resultados me han dejado realmente sorprendido: tengo una adicción del 100% según el aparato. El tiempo medio de uso diario del móvil es de unas tres horas diarias, que serían un total de 21 horas semanales (¡casi un día completo!) y 84 horas mensuales (¡3 días y medio!). He preferido dejar de hacer cuentas. Yo creo que este cacharro está estropeado. Tres horas de móvil diarias ¿yo? ¡Qué barbaridad! Yo sé aprovechar el tiempo, como os he contado, nunca duermo la siesta.


sábado, 21 de marzo de 2015

UN DÍA SIN TECNOLOGÍA, UN DÍA SIN VIDA

Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras publica hoy la última entrada en el blog personal de Elena. En esta entrada la blogguera del momento, o eso se cree ella, nos cuenta lo que le ocurrió la semana pasada cuando su hermana pequeña le reto a vivir un día sin ningún aparato tecnológico, y en consecuencia sin ningún tipo de red social. 

Sujeto 4: Elena
¡Saludos amigos! 
¿Qué tal la semana? La mía un poco extraña. Quiero contaros lo que me paso el lunes pasado cuando mi hermana, la muy graciosa, decidió retarme a estar un día sin móvil, ya que al parecer según ella vivo “enganchada” a todo tipo de aparatos tecnológicos que me permitan conectarme a las redes sociales. En un primer momento me pareció absurdo seguir su juego y aceptar el reto de estar un día entero sin conectarme a las redes, porque eso podría conllevar una serie de graves consecuencias, pero decidí aceptar. Mi cambio de opinión se debió a que, en pocas palabras, se rió de mí cuando le dije que no podía vivir sin móvil. 

El reto comenzó la mañana del martes, dado que la propuesta me la hizo el lunes por la noche mientras cenábamos todos juntos en familia. Me levanté a las ocho de la mañana y cuando me quise dar cuenta  el móvil, la tableta y el ordenador habían desaparecido de mi habitación, en su lugar había una nota en un papel fluorescente. La nota, firmada por mi “adorada” hermana, ponía literalmente: “Me llevo tus cacharritos antes de que te arrepientas, suerte”. El reto acababa de empezar y yo tenía ganas de entrar en whatsapp.

Decidí seguir con normalidad el día, aunque iba a ser difícil porque de normal no tenía nada. Era martes y por lo tanto, tenía clase. Cogí el bus y fui a clase. El primer problema del día no tardo en presentarse, y es que cuando llegue a la universidad no recordaba el número del aula donde tenía clase ya que siempre lo miro en mi móvil o lo pregunta alguien por el grupo de clase. Acabe dando vueltas por todo el aulario hasta que encontré a una amiga, no sabéis que vergüenza pase. Al acabar las clases, volví a casa de lo más aburrida, porque durante el transcurso de las clases había tenido que atender todas las horas porque no tenía el móvil ni la tableta para distraerme ni un momento. Realmente estaba muy cabreada, no sabía si alguien me había hablado por wahtsapp, o había dado “like” a alguna de mis fotos en intagram, me estaba quemando por dentro. Y para colmo, todo hay que decirlo, había tenido que coger apuntes a mano como si estuviéramos en el siglo XX. Después de comer, me fui a mi habitación ya que tampoco entraba dentro del reto la posibilidad de ver la tele. Me senté en la mesa y pensé en que podía hacer; normalmente me hubiese puesto a ver la tele mientras hablaba por whatsapp o veía twitter, pero estaba sentada en mi mesa mirando por la ventana sin saber qué diablos iba a hacer toda la tarde. 

Finalmente, decidí salir de casa e ir a ver a una amiga del colegio. Ella vivía a cinco minutos de mi casa, pero llevaba muchísimo tiempo sin pisar su casa ni ella la mía, porque siempre que quedábamos lo hacíamos por whatsapp o por teléfono. Decidimos ir un bar cuando le conté el reto que estaba haciendo, ya que en un primer momento ella me propuso hacer lo de siempre: quedarnos en casa viendo instagram criticando a nuestras antiguas compañeras de clase que nos caían mal. Estuvimos toda la tarde en un bar recordando historias de cuando éramos más pequeñas, hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. En ese momento me di cuenta todo lo malo que me habían hecho las redes sociales y los aparatos tecnológicos, en especial el móvil. Esa sensación no me duro mucho, la verdad, porque de camino a casa fui pensando en mi deseado móvil, en los mensajes que me habrían llegado y en lo que habría pasado en el mundo. Llegué a casa y me fui a dormir, estaba deseando que el día acabara. 

Cuando me levante, mi hermana me estaba esperando con todos mis “juguetes”, yo estaba ansiosa, pero antes de dármelos me dijo: “Ves como puedes vivir sin ellos, llevas un día sin ellos y no ha pasado absolutamente nada”, y después me los dio. En realidad, ella tenía parte de razón podía vivir sin ellos pero, obviamente, si habían pasado cosas pues cuando abrí whatsapp tenía 725 mensajes de 10 conversaciones, 3 likes en intagram, dos nuevos seguidores en twitter, 4 snapchat y 2 peticiones de amistad en facebook. El mundo había cambiado y yo no me había enterado. Realmente no podía vivir sin tecnología. Esa fue la conclusión que saque de aquella nefasta experiencia. 

martes, 17 de marzo de 2015

KRUBBERSCITYOFFIGHT in DA PARK (OMG).

Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras os ofrece una nueva parte de nuestro estudio. Esta vez hemos seleccionado una entrada del Blog de Sabrina, que el pasado viernes decidió, en un acto de valentía extrema, adentrarse en el salvaje mundo de los parques urbanos. Allí vivió una aventura nueva para sus sentidos: un enfrentamiento, pero  entre seres humanos y "a pelo". En la entrada, Sabrina cuenta sus impresiones sobre la lucha real.

Nota: nos vemos obligados a reproducir el texto original del sujeto, por ello, debemos advertir que no participamos de las faltas de ortografía en las que el mismo pueda haber incurrido.

SUJETO 2: SABRINA

Hamijos!  No me matéis, sé que no he escrito en unos cuantos días…. Que mal acostumbrados os tengo a subir videos diarios… joder, es que lo mío es hacer vídeos, escribir cuesta más! Es como menos espontáneo… Seguro que a vosotros también os cuesta, cabrones, asi que a callar.

WTFFFFFFFFFFFF <3
Bueno, estos días sin la webcam solo me han permitido subir videos random a twitter y no he podido haceros videos de Krubbers (aunque tengo preparados unos niveles guapos guapos de mi luchando contra Helene26 y Kathiax), peeeeeero voy a relataros aquí una cosa que me ha pasado que es jodidamente EPIC, pero no sé cómo me va a quedar por aquí. A ver, como no tengo que editar los videos porque no los puedo subir pues tengo un montón de horas libres que no se como rellenar, así que saqué a Kathiax al parque. Fue la primera vez que salía de casa en una semana… la ultima fue para sacar a Sabrin a hacer sus cosillas porque el pobre estaba como nivel -10 de supervivencia en plan *.* Así que nos salimos a dar una vuelta por Gran Vía. Al llevar un rato pasó una cosa super rara: de repente como que no necesitaba las gafas, en plan que los ojos se me despejaron y la vista cansada desaparecía, ya no me picaban los ojos como me pican siempre. A la media hora me quité las gafas y no sentía nada de nada ^^. Total, que nos vamos a Ópera y de repente OMG OMG OMG OMG OMG OMG WTF??!!: había un grupo de tíos luchando de verdad!!!

No se como voy a describíroslo bien sin imágenes, pero bueno ahí va:
Llegamos a la zona de combate, pero los luchadores no iban ni protegidos ni presentaban sus habilidades ni la categoría en la que jugaban, lo cual me parece un poco injusto no? Porque joder podía luchar un pequeñín con un pavo de dos metros! En fin, que la cosa era como muy random, todos como salidos de la nada. Nos ponemos Kat y yo a mirar y vimos una cosa flipante: bueno, en primer lugar, los luchadores solo podían luchar con los puños, las piernas y, en algunos casos, la cabeza, pero no utilizaban nada más. En segundo lugar, Kath y yo nos quedamos flipando porque las leches que se daban, a pesar de ser bastante flojas y simples, se veía el dolor, lo cual aumentaba mi adrenalina claro porque era como vivir una lucha (de las de primera categoría, porque una de las de categoría 30 sería como total collapse) pero perdiendo energías de la barra de energía de verdad!. Bueno, en medio de estado de shok en el que estábamos, de repente llegó un tío de los de la pelea y empezó a decirnos que por qué mirábamos tanto. Nosotros contestamos algo como "oye tranquilo tío que sólo estábamos mirando" y parece ser que eso le cabreó mucho más porque me cogió de la camiseta (la de MARIOBROSS, encima) y empezó a gritarme mazo en la cara. Yo nunca había vivido algo así, porque además llevo sin hacer deporte desde que hice las últimas pruebas físicas del equipo de fútbol de mi pueblo, del cual me salí cuando empecé fuerte con el canal. Suerte que llegó Kat por detrás y cogió al tío y lo tranquilizó un poco y nos fuimos cagando leches porque si no estos son reventaban. Cuando nos alejábamos les gritamos un poco para descargar tensión, a una distancia desde la que no podían oírnos , claro.  
Les hicimos lo que se llama un... ataque de retroceso. xDD

<3<3<3
Por cierto, la dinámica del blog es un poco diferente, pero básicamente para saber si os ha gustado lo que tenéis que hacer es compartir, vía blogger o twitter o facebook, o también comentar por supuesto para proponer más entradas, a ver si le damos caña a esto un poquito.  

 

sábado, 14 de marzo de 2015

REGRESO AL PASADO

Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras publica hoy la última entrada de Julia en su blog personal. A través de él podemos conocer mejor la relación del sujeto 5 con su madre, la cual parece estar deteriorada debido a la falta de gustos comunes y a la adicción de la joven a diversos aspectos tecnológicos. Sus disparatadas reflexiones acerca de las más comunes situaciones, como son salir a cenar o ir al cine, reafirman nuestra hipótesis inicial y afianzan aún más nuestra convicción de estar realizando un estudio innovador que sentará las bases para muchos otros acerca de los efectos de las nuevas tecnologías en la sociedad. Disfruten.


SUJETO 5: JULIA

¡Hola a todos!

Ayer mi madre me obligó, literalmente, a salir a cenar con ella. Sí sí, como leéis. A mis veinte años, por mucho que insista en el hecho de no estar ya bajo su patria potestad, su argumento ”mientras vivas en mi casa las normas las impongo yo y, si no te gusta, aire" suena a un ultimátum aterrador. Y claro que podría alquilar un pisito en el que vivir sin padres, tareas forzadas, discusiones rutinarias... suena taaaaaan bien, ¿verdad? El problema es: ¿sabéis lo caro que resulta contratar una red wifi para una vivienda? Estoy dispuesta a renunciar a muchas cosas, como que me laven y planchen la ropa, me hagan la comida..., pero una conexión "gratis" a Internet no es una de ellas.

Bueno, pues eso, estaba yo tan tranquila stalkeando (acosando vía Instagram suena demasiado mal, ¿no creéis?) a mi futuro marido Colton Haynes (una puede soñar todo lo que quiera, oye) cuando de repente escuché pasos subiendo las escaleras y cinco, cuatro, tres, dos, un segundo después, la puerta de mi habitación se abrió. Lo de llamar, ¿para qué? A ver, que es cierto que mis sentidos en materia de predecir cuándo se va a dar una incursión en mis aposentos están altamente desarrollados tras todos esos años en alerta intentando evitar ser pillada "con los aparatitos" a altas horas de la madrugada (uf, eso sí que era vivir al límite), pero avisar antes de entrar es una norma básica de educación. Tener que enseñar maneras a tus progenitores tiene delito, eh. Entrar sin llamar es como desbloquear sin permiso el móvil de alguien, y comenzar a ver sus fotos más o menos privadas o cotillear sus conversaciones, por mucho que él mismo te haya confiado su contraseña. Ay, mierda, que no dejo de irme del tema.

El caso es que me arrastró a este nuevo bar de tapas reinventadas (lo que quiera que sea eso) que habían abierto en el centro, del que al parecer todo el mundo hablaba y que, como todo establecimiento actual que pretenda resistir a los arduos tiempos a los que nos enfrentamos, tenía servicio a domicilio para pedidos online. Doy a todo bar y restaurante que se precie un máximo de cinco años hasta que elimine su comedor y se dedique en exclusiva a la entrega de cualquier plato imaginable en la puerta de casa. ¿Apostamos algo? Total, ¿quién sale a cenar por ahí hoy en día? Nadie. Esa moda estaba destinada al fracaso ya en los noventa.

Cuál fue mi sorpresa al ver a mi madre sacar de su bolso, nada más ser escoltadas a la mesa por el mismo camarero que nos había tenido esperando ¡¡de pie!! alrededor de quince minutos, dos entradas para la última película de Hilary Duff. Creo que el hombre de la mesa de al lado estuvo a punto de llamar al 112 al ver mi cara desencajada por el espanto mientras mi madre me honraba con un magnífico discurso sobre cómo sabía lo mucho que me apasionaba la actriz. Por supuesto, mi época de idolatrar a la susodicha había concluido, antes de empezar, no menos de diez años atrás.

Después de dos horas de tediosa cena, y mil soporíferas batallitas, emprendimos camino al cine. La ciudad estaba sorprendentemente atestada de parejitas y turistas, teniendo en cuenta que era enero y, encima, sábado. ¿Acaso no son los sábados para descansar y desconectar? Pues parece ser que no, que todavía existen sádicos desequilibrados que deciden torturarse con trato social innecesario y conversaciones banales los escasos días de los que disponen para sí mismos. Y, sí, volviendo a la película, esta fue mala hasta decir basta. Durante los -eternos- noventa minutos, me revolví en la butaca pensando “joder, joder, joder, tendría que haberme resistido más, haber inventado alguna excusa acerca de tener demasiado que estudiar… mierda, mierda, mierda”. Con lo sencillo que hubiera resultado quedarnos en casa, pedir unas pizzas y ver una película en Internet (sobre todo hubiera sido más fácil escabullirme con el pretexto de estar muerta de sueño). Hubiera parecido que viviera en el pasado, en los años cincuenta, si no hubiera sido porque a los escasos cinco minutos de película, no pude resistir más la tentación y saqué el móvil para cotillear primero Instagram y después Twitter, Tumblr, Facebook… Así descubrí que, ¡vaya!, todos mis compañeros de clase, los antiguos del instituto y los de ahora de la facultad, estaban por la zona. Más me valía no encontrarme con ninguno.




Una vez superada con éxito la misión de llegar a casa sin toparme con nadie conocido, gracias a la técnica de la cabeza gacha fijada en la pantalla del teléfono e inmersa en el cómodo mundo virtual, creí que la pesadilla había terminado. Pero no. Nada más entrar por la puerta, mi madre me agarró la mano e hizo que me sentara en el sofá para (voy a ahorraros el efusivo, a la par que hipócrita, monólogo posterior), tachánnnnnn, regalarme un diario. Argumentó que necesitaba un lugar en el que poder desahogarme, escribir lo que  me ocurría cada día, mis sentimientos… sacar todo lo que “llevo dentro” y nunca cuento a nadie. ¡Qué sabrá ella! Já. Yo ya tengo mi blog, ¿para qué quiero un diario?


Como habréis comprobado, fue una velada para recordar. Y ahora, muy a mi pesar, tengo que dejaros porque Alana me está esperando para una de nuestras sesiones de Skype, ¡vamos a pensar cuándo y cómo conocernos por fin en persona este verano! Ya veréis cuando le cuente que mamá cree que no tengo amigos y soy tímida y de pocas palabras. Va a estar riéndose una semana. Por lo menos. Además, tenía planeado desde hace un par de días un maratón de Orphan Black, que dentro de nada comienza la tercera temporada y solo puedo ponerme al día con ella los fines de semana, ya que las otras 40 series que sigo emiten sus nuevos episodios de lunes a viernes y todos los canales de YouTube a los que estoy suscrita evitan subir vídeos los festivos, no sé por qué.

miércoles, 11 de marzo de 2015

RECUERDOS VIRTUALES. CUERNOS DE VERDAD


Sociólogos Tecnológicos sin fronteras os da los buenos días. Para comenzar con nuestra investigación, hemos decidido mostraros la última entrada del sujeto de estudio número 1, Michelle, más conocida como MiuMiu. A raíz de conocer por una conocida red social que su novio le es infiel, MiuMiu divaga sobre cómo construimos o rompemos nuestras relaciones a través de las nuevas tecnologías comparándolo con el pasado, o dónde almacenamos nuestros recuerdos, si en la memoria, o en una plataforma digital. Esperemos que disfruten de la lectura, reflexionen sobre ella y nos comenten sus opiniones o experiencias personales.

MIUMIU
Una imagen en una cala de arena blanca con el mar de fondo, una cerveza en la mano y la cintura de una polaca en la otra. Los ojos vidriosos por el sol (o la bebida) y los labios en su cuello. Así era la última etiqueta de Hugo en Facebook, tan cristalina sobre su experiencia en Malta como el agua en la que estaba sumergido hasta la cintura. Y en la que yo le hubiera sumergido la cabeza. Skype permitió dejar muy clara mi superioridad moral durante nuestra conversación, mientras que él solo hilaba una excusa tras otra intentado convencerme de que no tenía la culpa de nada y de que “casi, casi le habían violado” en la playa. Gilipollas.


Cuando de mi boca ya no salían cosas coherentes, mi abuela me sacó arrastras de la habitación para contarme la historia de su primer novio, otro traidor de los que traspasan generaciones. La feria, en la que se habían conocido un año atrás, acababa de llegar al pueblo, así que corrió a comprar dos palos de algodón de azúcar en el puesto donde habían tenido su primera cita. No terminó de llegar al tenderete, porque allí, el dulce chico del dulce algodón se lo estaba quitando a otra de la boca. Pobre abuela. Yo me enteré por Facebook, pero a ella sí que se la pegaron en toda la cara. Después de un bofetón, darse la vuelta y volver a casa, mi abuela abrió el cajón de su cómoda. Allí guardaba la única foto que tenían juntos, una que habían sacado una tarde de verano en la orilla del río. Sacó también una caja de cerillas y quemó el retrato desde las puntas hasta el centro. Dijo que el olor a papel quemado y ver como las cenizas caían por el balcón hizo que se sintiera mucho mejor, aunque con una sonrisa me reconoció que la mayor satisfacción la había
encontrado en el tortazo.

Yo, que estaba muy orgullosa de la manera en la que había acabado de un plumazo con todos mis recuerdos, de repente me sentí ridícula. Esa tarde había hecho una incursión a Internet para eliminar de la faz de la web cualquier imagen de los dos. Las más recientes, en Instagram, fueron fáciles de localizar. Eliminar foto. Eliminar foto. Diosdiosdiosdios, ¿¡pero esto que es?! DENUNCIAR POR CONTENIDO INAPROPIADO. Emmmmmmm, vamos a decir que es porque “creo que no debería estar en Facebook”. Más bien no debería estar en ningún sitio visible. Click. Click. Hugo ya no existe. Como empezamos a salir en la ESO, Tuenti (paleolítico superior) fue testigo de las primeras publicaciones. Después de tardar una hora en recordar la contraseña, de nuevo pudo escucharse el click, click, click. Hugo ya no existe.


Me sumergí entonces en un viaje en el tiempo en el que la nave espacial era mi portátil, el teclado el control de mandos y el destino mi primer año de instituto. Fotos de los amigos del colegio, aquellos a quienes hace años que no veo y de los que apenas recuerdo su voz, de las vacaciones en la playa, de Nueva York, Suiza, Holanda. De cuando me rompí el brazo montando en bici, del intercambio en Brighton, de la moda del flúor, de la despedida que le escribí a ese amigo que se fue. De las primeras veces y también de las últimas.

Cada vez que abría una nueva imagen notaba los rayos de sol en la piel, los granos de arena entre los dedos de los pies, el olor a vodka en la ropa y la música resonando en los oídos. Internet hizo que me invadiera una extraña nostalgia repasando todos los momentos que creí que merecía la pena compartir, por muy vergonzosos que se pudieran volver con el paso de los años. A golpe de tecla podemos abrir nuestra memoria, y con el mismo movimiento suprimir un fragmento de vida simulando que nunca existió.
 
El móvil vibró durante toda la tarde después de que cambiase mi estado de “mantiene una relación” a “viuda”. El wasap echaba fuego, primero por los grupos y después por aquellos que me preguntaban por privado. El pajarito de Twitter daba consejos sobre cómo emprender mi venganza y superar la pérdida. Vamos a ver, los cuernos no me dejan atravesar la puerta, ¡pero no soy Hamlet, acho! La pantalla pronto se había convertido en un campo de batalla entre los pro-amorlibre y los pro-fidelidad, por lo que, hastiada, cerré el ordenador.

Un rato después pasó algo asombroso. Inédito. Increíble. Al ver que no respondía a sus mensajes, mis amigas decidieron tomar medidas drásticas y llamaron a la puerta de mi casa. Lo habitual para dar apoyo era el emoticono de puño (que daba a entender que le darían una paliza a quien hiciera falta), si te sentías muy mal servían cinco caras de besitos, y si estabas en el paso previo al suicidio lo mejor era una nota de voz. Al principio fue incluso extraño, ya ni siquiera encontraban la postura más cómoda para sentarse en la alfombra, y miraban los pósters de mi habitación como quien observa un lienzo de Miró.

La reflexión más profunda de aquella tarde fue que para sacarme un clavo lo mejor era meterme otro vía Tinder, pero no tuve tiempo de responderlas porque las notificaciones de Instagram parecían más urgentes. En este gran pueblo que son las redes sociales, tan solo un rato después de hacer pública mi ruptura, JaimePls y Sergi95 le habían dado a me gusta a mis últimas fotografías. Según mamá, es el equivalente a un antiguo “que guapa estás hoy”, y si ya encima te ponen un comentario es como si te apartasen el pelo de la cara, te lo recogieran detrás de las orejas y te invitasen a ir al cine. ¿Es qué alguien sigue haciendo eso?

El caso es que en solo una tarde (casi) se me ha pasado el enfado. La próxima vez que vuelva a interesarme en temas sentimentales no sé si utilizaré Internet o el modo tradicional, aunque tengo claro que me alejaré de tíos que conozca al lado de una noria y de aquellos que se vayan por Europa a experimentar. Pero eso no va a ser ni hoy ni mañana. Aprovechando que las chicas estaban en casa hemos hecho planes para la noche, así que voy a iniciar la lista de viernes de Spotify y a meterme en la ducha. Hasta pronto lectores. Me voy de fiesta.

Por cierto, Hugo vuelve a Madrid para las vacaciones de Semana Santa. He decidido que voy a ir a esperarle a Barajas. Esta va a ser mi bienvenida. 




lunes, 9 de marzo de 2015

3, 2, 1, EMPEZAMOS

Bienvenidos a nuestro último proyecto sociológico acerca de la influencia de las nuevas tecnologías en la actualidad, que se centrará en la comunicación a través de las redes.
Como creemos que no hay nada que ilustre mejor un estudio que un claro ejemplo de este, en STSF (Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras) hemos decidido elegir aleatoriamente a cinco usuarios de la plataforma Blogger que no se conocen entre sí. Cada uno de estos sujetos es adicto a las redes sociales, a Internet y, en definitiva, a las nuevas tecnologías. Por eso durante el próximo mes compartiremos aquí, sin su conocimiento, las entradas que ellos mismos publiquen en su blog personal. La culminación del experimento será conseguir reunirlos a todos en un mismo lugar, a través de diferentes mecanismos y con diversos pretextos, sin que sean conscientes de lo que está ocurriendo.
Os agradecemos por anticipado vuestra atención y esperamos que esta aventura sea de vuestro interés.

Aquí adjuntamos un pequeño fragmento de la primera entrada del blog de cada uno de los sujetos para que los conozcáis y podáis familiarizaros con sus vidas y personalidades.

SUJETO 1: MIUMIU
Mi nombre es MiuMiu, aunque en mi casa siguen empeñándose en llamarme Michelle. Como bien dice Google, Michelle es de origen francés, y no es que mis padres fueran precisamente innovadores, sino que papá nació en Marsella. Ellos siempre hablan de lo difícil que fue salir juntos viviendo en dos países diferentes: largas llamadas y aún más largas facturas telefónicas, semanas enteras sin saber del otro (cuando llegaban los recibos), dedos manchados de tinta y montañas de papel de carta. ¡Tinta! ¡Cartas! Por Dios, ¿pero eso qué es? Si creo que yo a los Reyes Magos ya les escribía por email. Cuando me pregunto por qué no se inventó antes Facebook, se quejan de la pérdida del romanticismo, a lo que yo siempre respondo que ahora somos un poco menos dedicados pero infinitamente más prácticos. Déjate de romanticismos y dame rapidez, que si pasas siete días sin hablar con tu novio sí que notas cuánto le echas de menos, pero él a ti no porque seguramente ya ha conocido a otra. Conozco bien de lo que hablo, porque yo también mantengo una relación a distancia. Hugo está de Erasmus, así que el Skype mantiene viva la chispa de nuestra relación. No sé si me entendéis.

SUJETO 2: SABRINA
¡Saludos! Bueno, para los que no me conocéis aún, yo soy Sabrina, y no voy a deciros mi nombre verdadero porque ¿para qué? llevo diez años de mi vida firmando como Sabrina, así que ya casi tengo que mirarlo en mi DNI. Por cierto, soy un tío, pero mi nombre de pila es de tía porque es el nombre de mi krub y he comprado los derechos sobre él para usarlo sólo yo. Lo escogí porque tiene unos poderes de multipotencialidad, superfuerza y retropropulsión superiores al resto de los krubs. ¡Sabrina mola mucho más! A ver, me explico: Sabrina es el nombre de mi krub en KrubbersCityofFight. KrubbersCityofFight es un videojuego de lucha multijugador (con modalidad on-line, claro) con el que puedes ganar dinero por cada pelea y montar tu propia escuela de luchadores. ¡La polla con cebolla! Como llevo diez añitos ya, soy krubber categoría 30 y gano dinero suficiente para alquilar mi pisito e ir a los encuentros de krubbers una vez al año. ¡Esos sí que son la polla con cebolla! En fin, la otra parte de mis ingresos vienen de mi canal de YouTube, pero como ya sabréis los que me habéis fundido a preguntas por Twitter, se me ha jodido la webcam que me compré hace dos semanas y como la había encargado a USA voy a estar unas semanitas sin grabar hasta que me llegue la siguiente… así que voy a ver qué tal me va con el blog.

SUJETO 3: LUCAS
Me llamo Lucas y a mis 23 años estoy acabando -por fin- Ingeniería de Telecomunicaciones, aunque me queda alguna asignatura pendiente. Mi entrega al estudio me ha convertido en una persona metódica, calculadora y maniática. Me gusta el deporte o eso creía antes de empezar la universidad; ahora, por culpa de la carrera, lo he dejado temporalmente. Otras de mis aficiones, quizás las que más enganchado me tienen, son las series online. Poco temo a la Ley de Propiedad Intelectual; el cierre de Seriesly solo supuso un punto y seguido en mi vida de amante de las sagas americanas. En menos de 12 horas – y de verdad que no exagero- conseguí encontrar otra plataforma donde poder terminar de ver la cuarta temporada de Juego de Tronos y empezar con The Walking Dead –lo sé voy un poco atrasado-. Soy ese tipo de persona que se declara en contra de las redes sociales, pero tengo un perfil en todas ellas. Aunque me mostré en un principio reticente e hice la crítica moral que nunca puede faltar ante semejantes fenómenos, las uso una vez al día para “echar un vistazo” y ver cómo van las cosas por el mundo.

SUJETO 4: ELENA
Soy Elena y vivo en España. Me gustan las redes sociales y la tecnología, pero como a todos mis amigos. Mis padres creen que soy una adicta a ellas y que no puedo vivir sin el ordenador ni el móvil, ¡qué exagerados! Me gusta usar el móvil para relacionarme con mis amigos, dado que si no tienes Facebook o Twitter hoy en día "estás muerto". No salgo de casa sin la batería portátil de mi móvil, ya sabéis chicos "chica prevenida, vale por dos" y no me gusta apagar el ordenador a lo largo del día. Me meto cada hora a revisar mis notificaciones en todas las redes en las que tengo cuenta, por si algo importante ha pasado. ¿Se puede decir que sea una adicta a las redes como piensan mis padres? Yo lo dudo, no sé qué opináis vosotros...

SUJETO 5: JULIA
Después de siglos dándole vueltas, aquí estoy, escribiendo la primera entrada del blog que ojalá me catapulte a la fama. ¿Imagináis? Primero VidCon, codeándome con PewDiePie, Tyler Oakley, Zoella... Después el salto a la pequeña pantalla en una serie revelación, al más puro estilo The Affair, y la consiguiente invitación a la San Diego Comic-Con… Uy, que me estoy yendo del tema, con lo clara y concisa que soy yo.
En fin, que soy Julia. Lo sé, ¿¡Julia!? Yo tampoco puedo creer que mis padres me llamaran así. Mi madre nunca quiso tener una hija, solo buscaba un juguete al que poder bautizar con el nombre de su ídolo y el de la protagonista de su libro favorito (maldito 1984), que da la casualidad de ser el mismo. Supongo que debo agradecer a Orwell y a Pretty Woman el haberme distinguido con el nombre más aburrido y menos artístico de la historia. Yo, como buena madre, no haré sufrir a mi hija y la llamaré Ashley, para que tenga abiertas las puertas de Internet y nadie se burle de ella.
Joé, qué gran introducción, no entiendo por qué todo el mundo dice que no callo ni debajo del agua. Claro, que con todo el mundo me refiero a Alana, ya que mis padres y profesores siempre se quejan de mi falta de expresividad. Alana es mi mejor amiga (aunque, pensándolo bien, también la única) y desde que nos conocimos vía Tumblr nos hemos vuelto inseparables. O, al menos, tan inseparables como una española y una americana que nunca se han visto pueden llegar a ser… 






PD: Esta entrada ha sido elaborada por los cinco miembros del blog ya que, aunque haya sido publicada desde la cuenta de Cristina, cada uno de los usuarios/personajes ha sido creado por un miembro distinto.