sábado, 14 de marzo de 2015

REGRESO AL PASADO

Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras publica hoy la última entrada de Julia en su blog personal. A través de él podemos conocer mejor la relación del sujeto 5 con su madre, la cual parece estar deteriorada debido a la falta de gustos comunes y a la adicción de la joven a diversos aspectos tecnológicos. Sus disparatadas reflexiones acerca de las más comunes situaciones, como son salir a cenar o ir al cine, reafirman nuestra hipótesis inicial y afianzan aún más nuestra convicción de estar realizando un estudio innovador que sentará las bases para muchos otros acerca de los efectos de las nuevas tecnologías en la sociedad. Disfruten.


SUJETO 5: JULIA

¡Hola a todos!

Ayer mi madre me obligó, literalmente, a salir a cenar con ella. Sí sí, como leéis. A mis veinte años, por mucho que insista en el hecho de no estar ya bajo su patria potestad, su argumento ”mientras vivas en mi casa las normas las impongo yo y, si no te gusta, aire" suena a un ultimátum aterrador. Y claro que podría alquilar un pisito en el que vivir sin padres, tareas forzadas, discusiones rutinarias... suena taaaaaan bien, ¿verdad? El problema es: ¿sabéis lo caro que resulta contratar una red wifi para una vivienda? Estoy dispuesta a renunciar a muchas cosas, como que me laven y planchen la ropa, me hagan la comida..., pero una conexión "gratis" a Internet no es una de ellas.

Bueno, pues eso, estaba yo tan tranquila stalkeando (acosando vía Instagram suena demasiado mal, ¿no creéis?) a mi futuro marido Colton Haynes (una puede soñar todo lo que quiera, oye) cuando de repente escuché pasos subiendo las escaleras y cinco, cuatro, tres, dos, un segundo después, la puerta de mi habitación se abrió. Lo de llamar, ¿para qué? A ver, que es cierto que mis sentidos en materia de predecir cuándo se va a dar una incursión en mis aposentos están altamente desarrollados tras todos esos años en alerta intentando evitar ser pillada "con los aparatitos" a altas horas de la madrugada (uf, eso sí que era vivir al límite), pero avisar antes de entrar es una norma básica de educación. Tener que enseñar maneras a tus progenitores tiene delito, eh. Entrar sin llamar es como desbloquear sin permiso el móvil de alguien, y comenzar a ver sus fotos más o menos privadas o cotillear sus conversaciones, por mucho que él mismo te haya confiado su contraseña. Ay, mierda, que no dejo de irme del tema.

El caso es que me arrastró a este nuevo bar de tapas reinventadas (lo que quiera que sea eso) que habían abierto en el centro, del que al parecer todo el mundo hablaba y que, como todo establecimiento actual que pretenda resistir a los arduos tiempos a los que nos enfrentamos, tenía servicio a domicilio para pedidos online. Doy a todo bar y restaurante que se precie un máximo de cinco años hasta que elimine su comedor y se dedique en exclusiva a la entrega de cualquier plato imaginable en la puerta de casa. ¿Apostamos algo? Total, ¿quién sale a cenar por ahí hoy en día? Nadie. Esa moda estaba destinada al fracaso ya en los noventa.

Cuál fue mi sorpresa al ver a mi madre sacar de su bolso, nada más ser escoltadas a la mesa por el mismo camarero que nos había tenido esperando ¡¡de pie!! alrededor de quince minutos, dos entradas para la última película de Hilary Duff. Creo que el hombre de la mesa de al lado estuvo a punto de llamar al 112 al ver mi cara desencajada por el espanto mientras mi madre me honraba con un magnífico discurso sobre cómo sabía lo mucho que me apasionaba la actriz. Por supuesto, mi época de idolatrar a la susodicha había concluido, antes de empezar, no menos de diez años atrás.

Después de dos horas de tediosa cena, y mil soporíferas batallitas, emprendimos camino al cine. La ciudad estaba sorprendentemente atestada de parejitas y turistas, teniendo en cuenta que era enero y, encima, sábado. ¿Acaso no son los sábados para descansar y desconectar? Pues parece ser que no, que todavía existen sádicos desequilibrados que deciden torturarse con trato social innecesario y conversaciones banales los escasos días de los que disponen para sí mismos. Y, sí, volviendo a la película, esta fue mala hasta decir basta. Durante los -eternos- noventa minutos, me revolví en la butaca pensando “joder, joder, joder, tendría que haberme resistido más, haber inventado alguna excusa acerca de tener demasiado que estudiar… mierda, mierda, mierda”. Con lo sencillo que hubiera resultado quedarnos en casa, pedir unas pizzas y ver una película en Internet (sobre todo hubiera sido más fácil escabullirme con el pretexto de estar muerta de sueño). Hubiera parecido que viviera en el pasado, en los años cincuenta, si no hubiera sido porque a los escasos cinco minutos de película, no pude resistir más la tentación y saqué el móvil para cotillear primero Instagram y después Twitter, Tumblr, Facebook… Así descubrí que, ¡vaya!, todos mis compañeros de clase, los antiguos del instituto y los de ahora de la facultad, estaban por la zona. Más me valía no encontrarme con ninguno.




Una vez superada con éxito la misión de llegar a casa sin toparme con nadie conocido, gracias a la técnica de la cabeza gacha fijada en la pantalla del teléfono e inmersa en el cómodo mundo virtual, creí que la pesadilla había terminado. Pero no. Nada más entrar por la puerta, mi madre me agarró la mano e hizo que me sentara en el sofá para (voy a ahorraros el efusivo, a la par que hipócrita, monólogo posterior), tachánnnnnn, regalarme un diario. Argumentó que necesitaba un lugar en el que poder desahogarme, escribir lo que  me ocurría cada día, mis sentimientos… sacar todo lo que “llevo dentro” y nunca cuento a nadie. ¡Qué sabrá ella! Já. Yo ya tengo mi blog, ¿para qué quiero un diario?


Como habréis comprobado, fue una velada para recordar. Y ahora, muy a mi pesar, tengo que dejaros porque Alana me está esperando para una de nuestras sesiones de Skype, ¡vamos a pensar cuándo y cómo conocernos por fin en persona este verano! Ya veréis cuando le cuente que mamá cree que no tengo amigos y soy tímida y de pocas palabras. Va a estar riéndose una semana. Por lo menos. Además, tenía planeado desde hace un par de días un maratón de Orphan Black, que dentro de nada comienza la tercera temporada y solo puedo ponerme al día con ella los fines de semana, ya que las otras 40 series que sigo emiten sus nuevos episodios de lunes a viernes y todos los canales de YouTube a los que estoy suscrita evitan subir vídeos los festivos, no sé por qué.

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