Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras publica hoy la última entrada de Julia en su blog personal. A través de él podemos conocer mejor la relación del sujeto 5 con su madre, la cual parece estar deteriorada debido a la falta de gustos comunes y a la adicción de la joven a diversos aspectos tecnológicos. Sus disparatadas reflexiones acerca de las más comunes situaciones, como son salir a cenar o ir al cine, reafirman nuestra hipótesis inicial y afianzan aún más nuestra convicción de estar realizando un estudio innovador que sentará las bases para muchos otros acerca de los efectos de las nuevas tecnologías en la sociedad. Disfruten.
SUJETO 5: JULIA
SUJETO 5: JULIA
¡Hola a todos!
Ayer mi madre me obligó,
literalmente, a salir a cenar con ella. Sí sí, como leéis. A mis veinte años,
por mucho que insista en el hecho de no estar ya bajo su patria potestad, su
argumento ”mientras vivas en mi casa las normas las impongo yo y, si no te
gusta, aire" suena a un ultimátum aterrador. Y claro que podría alquilar
un pisito en el que vivir sin padres, tareas forzadas, discusiones
rutinarias... suena taaaaaan bien, ¿verdad? El problema es: ¿sabéis lo caro que
resulta contratar una red wifi para una vivienda? Estoy dispuesta a renunciar a
muchas cosas, como que me laven y planchen la ropa, me hagan la comida..., pero
una conexión "gratis" a Internet no es una de ellas.
Bueno, pues eso, estaba yo tan
tranquila stalkeando (acosando vía Instagram suena demasiado mal, ¿no creéis?)
a mi futuro marido Colton Haynes (una puede soñar todo lo que quiera, oye)
cuando de repente escuché pasos subiendo las escaleras y cinco, cuatro, tres,
dos, un segundo después, la puerta de mi habitación se abrió. Lo de llamar,
¿para qué? A ver, que es cierto que mis sentidos en materia de predecir cuándo
se va a dar una incursión en mis aposentos están altamente desarrollados tras
todos esos años en alerta intentando evitar ser pillada "con los
aparatitos" a altas horas de la madrugada (uf, eso sí que era vivir al
límite), pero avisar antes de entrar es una norma básica de educación. Tener
que enseñar maneras a tus progenitores tiene delito, eh. Entrar sin llamar es
como desbloquear sin permiso el móvil de alguien, y comenzar a ver sus fotos
más o menos privadas o cotillear sus conversaciones, por mucho que él mismo te
haya confiado su contraseña. Ay, mierda, que no dejo de irme del tema.
El caso es que me arrastró a este
nuevo bar de tapas reinventadas (lo que quiera que sea eso) que habían abierto
en el centro, del que al parecer todo el mundo hablaba y que, como todo
establecimiento actual que pretenda resistir a los arduos tiempos a los que nos
enfrentamos, tenía servicio a domicilio para pedidos online. Doy a todo bar y
restaurante que se precie un máximo de cinco años hasta que elimine su comedor
y se dedique en exclusiva a la entrega de cualquier plato imaginable en la
puerta de casa. ¿Apostamos algo? Total, ¿quién sale a cenar por ahí hoy en día? Nadie. Esa moda estaba destinada al fracaso ya en los noventa.
Cuál fue mi sorpresa al ver a mi
madre sacar de su bolso, nada más ser escoltadas a la mesa por el mismo
camarero que nos había tenido esperando ¡¡de pie!! alrededor de quince minutos,
dos entradas para la última película de Hilary Duff. Creo que el hombre de la
mesa de al lado estuvo a punto de llamar al 112 al ver mi cara desencajada por
el espanto mientras mi madre me honraba con un magnífico discurso sobre cómo
sabía lo mucho que me apasionaba la actriz. Por supuesto, mi época de idolatrar
a la susodicha había concluido, antes de empezar, no menos de diez años atrás.
Después de dos horas de tediosa
cena, y mil soporíferas batallitas, emprendimos camino al cine. La ciudad
estaba sorprendentemente atestada de parejitas y turistas, teniendo en cuenta
que era enero y, encima, sábado. ¿Acaso no son los sábados para descansar y
desconectar? Pues parece ser que no, que todavía existen sádicos
desequilibrados que deciden torturarse con trato social innecesario y conversaciones
banales los escasos días de los que disponen para sí mismos. Y, sí, volviendo a
la película, esta fue mala hasta decir basta. Durante los -eternos- noventa
minutos, me revolví en la butaca pensando “joder, joder, joder, tendría que
haberme resistido más, haber inventado alguna excusa acerca de tener demasiado
que estudiar… mierda, mierda, mierda”. Con lo sencillo que hubiera resultado
quedarnos en casa, pedir unas pizzas y ver una película en Internet (sobre todo
hubiera sido más fácil escabullirme con el pretexto de estar muerta de sueño). Hubiera parecido que viviera en el pasado, en los años cincuenta, si no hubiera sido porque a los escasos cinco minutos de película, no pude resistir más la
tentación y saqué el móvil para cotillear primero Instagram y después Twitter,
Tumblr, Facebook… Así descubrí que, ¡vaya!, todos mis compañeros de clase, los antiguos del
instituto y los de ahora de la facultad, estaban por la zona. Más me valía no
encontrarme con ninguno.
Una vez superada con éxito la
misión de llegar a casa sin toparme con nadie conocido, gracias a la técnica de
la cabeza gacha fijada en la pantalla del teléfono e inmersa en el cómodo mundo
virtual, creí que la pesadilla había terminado. Pero no. Nada más entrar por la
puerta, mi madre me agarró la mano e hizo que me sentara en el sofá para (voy a
ahorraros el efusivo, a la par que hipócrita, monólogo posterior), tachánnnnnn,
regalarme un diario. Argumentó que necesitaba un lugar en el que poder
desahogarme, escribir lo que me ocurría
cada día, mis sentimientos… sacar todo lo que “llevo dentro” y nunca cuento a
nadie. ¡Qué sabrá ella! Já. Yo ya tengo mi blog, ¿para qué quiero un diario?
Como habréis comprobado, fue una
velada para recordar. Y ahora, muy a mi pesar, tengo que dejaros porque Alana
me está esperando para una de nuestras sesiones de Skype, ¡vamos a pensar
cuándo y cómo conocernos por fin en persona este verano! Ya veréis cuando le
cuente que mamá cree que no tengo amigos y soy tímida y de pocas palabras. Va a
estar riéndose una semana. Por lo menos. Además, tenía planeado desde hace un
par de días un maratón de Orphan Black, que dentro de nada comienza la tercera
temporada y solo puedo ponerme al día con ella los fines de semana, ya que las
otras 40 series que sigo emiten sus nuevos episodios de lunes a viernes y todos
los canales de YouTube a los que estoy suscrita evitan subir vídeos los
festivos, no sé por qué.

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