miércoles, 1 de abril de 2015

APOCALIPSIS ANTICIPADO

Hoy analizaremos las reflexiones y sentimientos de Julia al vivir una de las experiencias más traumáticas en la vida de cualquier adicto a las redes: quedarse sin WiFi durante varios días. 


SUJETO 5: JULIA

Siento haber tardado tanto en actualizar el blog chicos, pero todo tiene una explicación. Y es que la semana pasada fue dura. Muy dura. Dura de las de encerrarse en tu habitación, bajar las persianas, meterse en la cama y cubrirse hasta la cabeza con las sábanas. Y no salir de allí en días. Dura de perder el apetito, de llorar por las noches preguntándote qué pecado capital has cometido para merecer tal desdicha. De no articular palabra, de no poder pensar con claridad. Dura de las de no tener ganas de nada que no sea vegetar y poner música nostálgica y depresiva a ochenta mil decibelios. ¿Qué no me creéis?
Veréis, todo comenzó el jueves pasado. Volvía a casa de la universidad, después de seis horas insufribles de clases inútiles, interminables y soporíferas. Había empleado la media hora de vuelta en metro ansiando el momento de tumbarme en el sofá, encender el ordenador y comenzar un maratón de series y YouTubers que iba a durar, como mínimo, toda la tarde.
Cuál fue mi sorpresa al entrar por la puerta y que el olor a hogar dulce hogar no fuese acompañado por mi móvil conectándose automáticamente al WiFi. Qué raro. Algo pasaba. Algo muy malo. Me acerqué cautelosamente al router y… alerta roja. No solo estaba apagado, sino que era imposible volver a encenderlo. ALERTA ROJA. Comprobé que todos los cables estuviesen bien conectados. Sí. Intentando controlar un ataque de ansiedad cogí el ordenador para buscar en internet qué hacer cuando un router inalámbrico no funciona. Pero claro, no había internet. Y si no había internet, ¿¡cómo narices iba a buscar nada!? Angustiada descolgué el teléfono y llamé a papá, quien justificó todos mis temores al confirmar que, efectivamente, el router se había averiado e íbamos a estar sin internet hasta el lunes. ¡Hasta el lunes! El mundo se desmoronó a mi alrededor. La vida dejó súbitamente de tener sentido. El cuerpo me pesaba una tonelada y todo daba vueltas en torno a mí. Antes de desplomarme, pese a mi aturdimiento, conseguí sentarme. Después de eso todo está borroso, poco nítido. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme la mañana siguiente, con las mejillas húmedas.
Así que ya veis. Supongo que todos habréis notado la misma presión en el pecho que experimenté yo durante la situación, aunque solo sea por la compasión que os despierta semejante tragedia, y ahora podéis entender lo lacrimosos que han sido los últimos cuatro días. Cuatro días en los que me he visto obligada a leer libros en papel, ver los tediosos programas que retransmitían por televisión e incluso salir de casa. Verdaderamente horripilante. No deseo tal mal ni a mis peores enemigos. En un momento dado incluso llegué a plantearme sacar el diario que me había regalado mi madre la semana pasada para escribir una entrada. En seguida rechacé la idea, pues no tenía sentido ninguno. Total, ¿para qué? Si nadie podía leerlo.
Afortunadamente, la fatalidad ha concluido hoy. Al poder finalmente reconectar todos mis “aparatitos” a la red me he encontrado liberada. Se ha desvanecido la sensación constante de nudo en el estómago. La vitalidad ha vuelto a mí. 
Tengo veinte capítulos acumulados de diferentes series pendientes de ver, cincuenta de mis YouTubers favoritos han subido nuevos vídeos durante mi ausencia y hasta Tumblr ha creado una nueva moda hipster… Pero lo más raro de todo, sin duda, es que tengo en mi bandeja de entrada un email anónimo. Alguien citándome a una conferencia sobre redes sociales y nuevas tecnologías, o algo así, en el salón de actos de la uni dentro de unos días. Ir o no ir, esa es la cuestión ahora. Y con todas las cosas que tuve que dejar abandonas y necesito URGENTEMENTE poner al día tras esta semana dudo que aparezca por allí. 

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