miércoles, 11 de marzo de 2015

RECUERDOS VIRTUALES. CUERNOS DE VERDAD


Sociólogos Tecnológicos sin fronteras os da los buenos días. Para comenzar con nuestra investigación, hemos decidido mostraros la última entrada del sujeto de estudio número 1, Michelle, más conocida como MiuMiu. A raíz de conocer por una conocida red social que su novio le es infiel, MiuMiu divaga sobre cómo construimos o rompemos nuestras relaciones a través de las nuevas tecnologías comparándolo con el pasado, o dónde almacenamos nuestros recuerdos, si en la memoria, o en una plataforma digital. Esperemos que disfruten de la lectura, reflexionen sobre ella y nos comenten sus opiniones o experiencias personales.

MIUMIU
Una imagen en una cala de arena blanca con el mar de fondo, una cerveza en la mano y la cintura de una polaca en la otra. Los ojos vidriosos por el sol (o la bebida) y los labios en su cuello. Así era la última etiqueta de Hugo en Facebook, tan cristalina sobre su experiencia en Malta como el agua en la que estaba sumergido hasta la cintura. Y en la que yo le hubiera sumergido la cabeza. Skype permitió dejar muy clara mi superioridad moral durante nuestra conversación, mientras que él solo hilaba una excusa tras otra intentado convencerme de que no tenía la culpa de nada y de que “casi, casi le habían violado” en la playa. Gilipollas.


Cuando de mi boca ya no salían cosas coherentes, mi abuela me sacó arrastras de la habitación para contarme la historia de su primer novio, otro traidor de los que traspasan generaciones. La feria, en la que se habían conocido un año atrás, acababa de llegar al pueblo, así que corrió a comprar dos palos de algodón de azúcar en el puesto donde habían tenido su primera cita. No terminó de llegar al tenderete, porque allí, el dulce chico del dulce algodón se lo estaba quitando a otra de la boca. Pobre abuela. Yo me enteré por Facebook, pero a ella sí que se la pegaron en toda la cara. Después de un bofetón, darse la vuelta y volver a casa, mi abuela abrió el cajón de su cómoda. Allí guardaba la única foto que tenían juntos, una que habían sacado una tarde de verano en la orilla del río. Sacó también una caja de cerillas y quemó el retrato desde las puntas hasta el centro. Dijo que el olor a papel quemado y ver como las cenizas caían por el balcón hizo que se sintiera mucho mejor, aunque con una sonrisa me reconoció que la mayor satisfacción la había
encontrado en el tortazo.

Yo, que estaba muy orgullosa de la manera en la que había acabado de un plumazo con todos mis recuerdos, de repente me sentí ridícula. Esa tarde había hecho una incursión a Internet para eliminar de la faz de la web cualquier imagen de los dos. Las más recientes, en Instagram, fueron fáciles de localizar. Eliminar foto. Eliminar foto. Diosdiosdiosdios, ¿¡pero esto que es?! DENUNCIAR POR CONTENIDO INAPROPIADO. Emmmmmmm, vamos a decir que es porque “creo que no debería estar en Facebook”. Más bien no debería estar en ningún sitio visible. Click. Click. Hugo ya no existe. Como empezamos a salir en la ESO, Tuenti (paleolítico superior) fue testigo de las primeras publicaciones. Después de tardar una hora en recordar la contraseña, de nuevo pudo escucharse el click, click, click. Hugo ya no existe.


Me sumergí entonces en un viaje en el tiempo en el que la nave espacial era mi portátil, el teclado el control de mandos y el destino mi primer año de instituto. Fotos de los amigos del colegio, aquellos a quienes hace años que no veo y de los que apenas recuerdo su voz, de las vacaciones en la playa, de Nueva York, Suiza, Holanda. De cuando me rompí el brazo montando en bici, del intercambio en Brighton, de la moda del flúor, de la despedida que le escribí a ese amigo que se fue. De las primeras veces y también de las últimas.

Cada vez que abría una nueva imagen notaba los rayos de sol en la piel, los granos de arena entre los dedos de los pies, el olor a vodka en la ropa y la música resonando en los oídos. Internet hizo que me invadiera una extraña nostalgia repasando todos los momentos que creí que merecía la pena compartir, por muy vergonzosos que se pudieran volver con el paso de los años. A golpe de tecla podemos abrir nuestra memoria, y con el mismo movimiento suprimir un fragmento de vida simulando que nunca existió.
 
El móvil vibró durante toda la tarde después de que cambiase mi estado de “mantiene una relación” a “viuda”. El wasap echaba fuego, primero por los grupos y después por aquellos que me preguntaban por privado. El pajarito de Twitter daba consejos sobre cómo emprender mi venganza y superar la pérdida. Vamos a ver, los cuernos no me dejan atravesar la puerta, ¡pero no soy Hamlet, acho! La pantalla pronto se había convertido en un campo de batalla entre los pro-amorlibre y los pro-fidelidad, por lo que, hastiada, cerré el ordenador.

Un rato después pasó algo asombroso. Inédito. Increíble. Al ver que no respondía a sus mensajes, mis amigas decidieron tomar medidas drásticas y llamaron a la puerta de mi casa. Lo habitual para dar apoyo era el emoticono de puño (que daba a entender que le darían una paliza a quien hiciera falta), si te sentías muy mal servían cinco caras de besitos, y si estabas en el paso previo al suicidio lo mejor era una nota de voz. Al principio fue incluso extraño, ya ni siquiera encontraban la postura más cómoda para sentarse en la alfombra, y miraban los pósters de mi habitación como quien observa un lienzo de Miró.

La reflexión más profunda de aquella tarde fue que para sacarme un clavo lo mejor era meterme otro vía Tinder, pero no tuve tiempo de responderlas porque las notificaciones de Instagram parecían más urgentes. En este gran pueblo que son las redes sociales, tan solo un rato después de hacer pública mi ruptura, JaimePls y Sergi95 le habían dado a me gusta a mis últimas fotografías. Según mamá, es el equivalente a un antiguo “que guapa estás hoy”, y si ya encima te ponen un comentario es como si te apartasen el pelo de la cara, te lo recogieran detrás de las orejas y te invitasen a ir al cine. ¿Es qué alguien sigue haciendo eso?

El caso es que en solo una tarde (casi) se me ha pasado el enfado. La próxima vez que vuelva a interesarme en temas sentimentales no sé si utilizaré Internet o el modo tradicional, aunque tengo claro que me alejaré de tíos que conozca al lado de una noria y de aquellos que se vayan por Europa a experimentar. Pero eso no va a ser ni hoy ni mañana. Aprovechando que las chicas estaban en casa hemos hecho planes para la noche, así que voy a iniciar la lista de viernes de Spotify y a meterme en la ducha. Hasta pronto lectores. Me voy de fiesta.

Por cierto, Hugo vuelve a Madrid para las vacaciones de Semana Santa. He decidido que voy a ir a esperarle a Barajas. Esta va a ser mi bienvenida. 




3 comentarios:

  1. Tuenti, paleolítico superior. ¡Totalmente de acuerdo! Me encanta la entrada :)

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    1. Gracias. Sociólogos Tecnológicos Sin Fronteras te anima a leer las entradas de los demás sujetos (que también tienen para rato) a fin de que conozcas otro tipo de individuos generados en el seno de este mundo creado por las redes sociales.

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  2. Muchas gracias a todos los lectores de parte de Sociólogos Tecnológicos sin Fronteras por la empatia que muestran con los sujetos del experimento. Estamos seguros que una vez que descubran este estudio se alegrarán de representar la forma de vivir las nuevas tecnologías de los jóvenes españoles.

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